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Generosos inconvenientes

Penélope Córdova

7 Min. de lectura

may 30

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De: Luisa Valenzuela



Oscuros, tersos inconvenientes como una piel de víbora un poco deshecha por inútil. La víbora completa –piel de víbora rellena de sí misma– podría llegar a ser lo opuesto de un inconveniente, más bien estimulante voz de alarma.

 

Lo que ahora baja por el río perturbando los ánimos son cosas más sutiles enancadas sobre camalotes, casi como palabras. Es decir son mensajes, es decir son desastres. ¿Desastres, los mensajes? Quién lo duda... hay que tener la conciencia alerta para poder registrarlos en todo su esplendor y el sol bien orientado para que un reflejo cualquiera no les cambie el sentido.

 

De todos modos por el río van bajando mensajes y la ciudad entera se ha volcado al río y pasa las tardes observándolo, reclamándole dádivas.

 

(Los que creen sacar verdadero provecho son los que tienen sus puestos de venta de bebidas frente a la costanera. Los que sacan el provecho secreto son aquellos contados que siempre dialogaron con el río y entienden su lenguaje.) Los otros están allí, no más, sorbiendo sus gaseosas (son traidores al agua) y luego de pasarse días enteros tratando de descifrar los camalotes van a la oficina de reclamos a quejarse porque hay interferencias (aquella piel de víbora, la cola de una iguana cortada a dentelladas). El río es así, no busca complacer a nadie, es anchuroso y calmo y cenagoso y cuando se encabrita no es generoso siempre. Es sutil, sibilino, y viene de más lejos donde ya ha andado haciendo de las suyas (serpenteó en meandros que se fueron cerrando hasta formar anillos de agua con su corazón de isla, se desbocó en saltos, anduvo en cataratas, lentamente desintegró la piedra y más lentamente aún la fue recomponiendo en otros sitios). El río viene haciendo su obra desde hace añares sin que nadie intente comprenderlo y ahora de golpe sí, todos en la ciudad de arriba auscultando el río y esperando el oráculo (¿Qué será de nosotros, de mí, de él. de mi familia? ¿Hará alguna vez algo concreto el intendente, dejará de pronunciar discursos?)

 

Si el río trae una advertencia (y algo debe de traer, sus inconvenientes nunca son egoístas) basta con saber de río para saberlo todo y esperar como una revelación que llegue la creciente. Esperar y esperar sin ilusionarse demasiado, más bien como costumbre, hasta que cierta tarde alguien exclamó el Mesías. Cualquier tarde de éstas, dijo alguien, llegará el Mesías arrastrado por las aguas y nosotros tendremos que atraparlo, rescatarlo, no dejar que se lo lleve la corriente y lo pesquen los imbéciles de la ciudad de abajo que se creen superiores porque están frente al delta.

 

El Mesías llegará para nosotros y llegará cantando, profetizaron otros. ¿Y si no lo oímos? ¿Y si pasa muy lejos? Este río tan vasto, desbocado... ¿Vendrá en bote, en jangada, vendrá en un camalote, en la cesta de mimbre como el otro; o cabalgando un tronco o un pez, digamos un dorado? El fulgurante destello del dorado parece convenirle más que nada ¿y si pasa sumergido y lo perdemos?

 

Veintisiete días con sus noches tardó la ciudad en fabricar la red descomunal que atravesaría el río de una orilla a la otra y le llegaría al fondo. Nadie dejó de tejer o de hilar en ese tiempo y hasta los desahuciados recuperaron fuerzas para poder aportar su cuota de trabajo. Nadie, absolutamente nadie dejó de colaborar, cada uno tejiendo como mejor sabía: las viejas en crochet o dos agujas, los hombres atando nudos o uniendo las distintas tramas: un pedazo en telar, carpetitas de randa, colchas de macramé, los tules de las novias trenzados y anudados. Las fábricas de sogas se quedaron sin sogas, los servicios de empaque sin piolines, las niñitas sin cuerdas de saltar, las ovejas sin lana; y todos se sintieron felices del despojo. Durante esos 27 días casi sagrados nadie se acordó de formular la menor queja y una extraña sonrisa les empezó a brotar desde muy hondo. Hubo quienes se pusieron a cantar con un volumen de voz que fue creciendo como crecía la red y hasta se organizaron coros.

 

Y como esas arañas que están en los juncales y tejen su gigantesca tela comunitaria, también ellos aprendieron a dormir arracimados a la sombra, en la hora de la siesta, y a despertar a un tiempo y seguir trabajando. La red se fue haciendo así tan vasta que acabó por cubrir toda la zona costanera. Esa tela de araña.

 

Muchos lograron evitar el sueño por las noches para continuar la obra que parecía inacabable: la luz de los faroles y el silencio los acercaba al éxtasis. Una telegrafía con hilos, una comunicación táctil se fue estableciendo entre ellos a través de esa malla que atraparía al Mesías. ¿Atrapar al Mesías? Nada de eso: tan sólo señalarle la meta, marcar en el largo curso de este río el lugar donde con toda humildad era esperado. Un acto sutil de contrición, porque el Mesías aportaría su buena dosis de castigos y ellos de alguna forma lo que andaban buscando era expiar las culpas.

 

Les resultaba grato sentirse así, hermanados aunque fuera en la culpa y tomando medidas para acabar con ella. Grato hasta el punto de recibir la madrugada alborozados, con cánticos potentes, para saludar la aparición del sol y también ¿a qué negarlo? para lograr que los dormilones despertaran.

 

No llovió ni uno solo de esos 27 días. Fue un tiempo parejo, memorable. Nadie murió, ni nació nadie: no hubo distracciones. Sólo tejer de la mejor manera posible y acoplar lo tejido hasta que alcanzaron las medidas exactas. Entonces de un lado se ató a la red todo tipo de material flotante y del otro lado se colocaron pesas. Luego se amarró uno de los extremos de la red a los árboles más añosos de la costanera y se esperó el día siguiente.

 

¡Ese día sí que fue de fiesta! La banda municipal partió en la lancha de pasajeros y el intendente y sus hombres en un bote para hacer más solemne el arrastre de la red. Nunca remaron tanto, nunca cincharon tanto los hombres del intendente, pero fue un hecho histórico. Nunca fueron tan aplaudidos ni tan ovacionados como cuando llegaron a la orilla de enfrente y lograron con esfuerzo amarrar la otra punta de la red a otros añosos árboles. Hubo un vino de honor en ésta orilla, fuegos artificiales y hasta baile, y cuando por fin regresó el intendente bogando a lo largo de patitos, pelotas, muñecas y camiones de plástico que obraban de flotadores fue recibido como nunca y por primera vez se escuchó con entusiasmo su discurso. El intendente señaló deberes,como siempre, pero habló de esperanzas y los honorables ciudadanos pudieron poco a poco ir recuperando sus costumbres vitales: muchos lloraron sin lograr contenerse y un anciano hasta se permitió el lujo de morir de un síncope emotivo.

 

Con la red debidamente colocada, después de varias horas de festejos, los ciudadanos volvieron a sus hogares a retemplarse el ánimo. Para recibir al Mesías era imprescindible estar con el ánimo sereno, descansado, y con las manos libres de impurezas; para acariciar al Mesías, para venerarlo. Él vendría flotando aguas abajo y al pie de la ciudad se detendría, al alcance de todos. El Mesías vendría de uno de esos países remotos en donde nace el río y nada obstaculizaría su camino hasta la ciudad de ellos. Nada, ni las mismas cataratas. El Mesías estaba destinado para ellos y no seguiría de largo hacia la ciudad de abajo, la execrable. ¿De qué país vendría, y qué importaba?

 

Y mientras se iban tejiendo las especulaciones como antes se tejiera la red, la red a su vez empezó sordamente a cumplir su trabajo. Es decir que fue enganchando camalotes en su trama, fue frenando unos troncos, algún ternero muerto, otras de esas miserias que van a la deriva, cosas que el agua arrastra y que el agua sólo reconoce luego de su descomposición total (desintegración que tiene por consecuencia lógica una absoluta integración, inseparable).

 

La red fue reteniendo la escoria de este río y el río se largó a correr despojado de lastre. Y corrió libremente por un tiempo no demasiado largo: ya se sabe del poder retentivo de aquello que se quiere descartar por indeseable. Así que poco a poco sin que nadie notara los camalotes contra la red fueron formando una barrera densa, un muro de contención de una orilla a la otra de este río, mientras los habitantes de la ciudad de arriba soñaban con salvarse.

 

Calladitos son los hechos fluviales y cuando en medio de la noche las aguas desbordaron lo hicieron en silencio.

 

Los primeros en levantarse al alba descubrieron el desastre y dieron la voz de alarma. Alaridos de alarma porque las aguas estaban subiendo a gran velocidad y amenazaban con anegarlo todo.

 

Tantas ganas de retener a Aquél que las aguas traerían y retuvieron agua. En junta de vecinos que duró media hora –la situación era tan apremiante que el intendente no pudo ni echarse un discursito– se decidió por unanimidad soltar amarras, liberar la red y con ese simple acto privar a la ciudad de su ilusión mesiánica. Qué se le iba a hacer, más valía seguir siendo humildes pescadores en seco que alcanzar la salvación por la vía anfibia.

 

Surgieron, como siempre sucede en estos casos, algunos disidentes extremistas que anunciaron el fin del mundo por obra de las aguas y fueron a buscar refugio en la copa de los árboles. Cuanta más agua venga más crecerán los árboles, más a salvo estaremos, proclamaron.

 

El intendente no los escuchó siquiera, pronunció unas muy breves palabras alusivas y seguido de sus hombres partió con paso decidido –chapoteante- hasta donde pudo conservar algo de su prestancia. El botero llegó en ese momento a rescatar a los pobres del bochorno y entre todos remaron para vencer la corriente y llegar hasta ese punto de la costanera donde una semana antes (cierto día cargado de presagios) habían amarrado la red a los más fornidos árboles. Sólo que ahora (oh consternación, y desconcierto) las amarraduras de la red se encontraban naturalmente bajo el agua.

 

El botero después de larga reflexión mostró el machete pero no hizo el menor amago de saltar del bote. El intendente comprendió que ese acto de arrojo le estaba reservado y sin proferir palabra –sus contribuyentes estaban a distancia, contemplándolo desde los balcones– se quitó la ropa y se zambulló con el machete en alto. Logró cumplir con su cometido: cortó las cuerdas liberando la red con todos los camalotes y el río pudo en ese mismo segundo retomar su cauce con un avasallante borborigmo. Al intendente lo rescataron desnudito los de la ciudad de abajo.

 

Medio ahogado como estaba lucía una tonalidad azul por demás iridiscente, deslumbrante. Unas plantas acuáticas se le habían enredado en el pescuezo formándole guirnaldas y según parece traía una mojarrita como estrella plateada entre los ojos. Había perdido el habla.

 

La posterior iconografía lo mostró aposentado sobre una flor de irupé a la manera búdica. Los de la ciudad de arriba empezaron a venerar la imagen milagrosa sin sospechar su origen pero sintiéndola vagamente familiar. Largas peregrinaciones a la ciudad de abajo y lentos acercamientos con los viejos rivales acabaron juntándolos en un santuario común a mitad de camino. El Venerado había muerto tiempo atrás, de pulmonía. El río seguía corriendo sin mayores tropiezos.

Penélope Córdova

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